En dos décadas hemos pasado de la pobreza a la indigencia, de la estrechez a las privaciones, de la inopia a lo paupérrimo y de la miseria al hambre dura y pura.

“Sin pobres no hay socialismo” es la frase más enjundiosa de ese talentoso ítalo-venezolano, experto de la planificación estratégica y conocido como Jorge Giordani, que sirvió con tanta devoción al paracaidista que tiranizó y destruyó a Venezuela, hasta convertirla en una Nigeria con su versión tropical de Boko Haram en el poder. La frase aquella se hizo sentencia, y en efecto tenemos socialismo, pero sostenido por una multiplicación de pobres que no para de crecer. Cada vez somos más pobres y en mayores cantidades.

En dos décadas hemos pasado de la pobreza a la indigencia, de la estrechez a las privaciones, de la inopia a lo paupérrimo y de la miseria al hambre dura y pura. La hambruna se instaló en el cuerpo social de la mayoría, lo cual es evidente en la extrema delgadez o en la obesidad mórbida de quien sobrevive con hidratos de carbono de pésima calidad. Igual lo vemos en la desnutrición infantil, que ataca a esta población hasta hacerla más vulnerable a enfermedades que surgen y se desarrollan como consecuencia de una precaria alimentación.

En estos 20 años el manejo cupular de los derechos humanos no ha sido para garantizar la vida de los venezolanos, sino para darse una vía rápida que conduzca al enriquecimiento de la elite dominante con la casta militar a la cabeza. Una de estas veloces autopistas fue la adquisición de alimentos con los recursos de la renta petrolera. Recuerdo a un general que fue premiado en el 2000, su nombre Cruz Weffer, hoy desaparecido, pero seguramente, disfrutando a cuerpo de rey en un destino privilegiado.

Desde aquel momento la distribución de alimentos se manejó con el criterio misional de la limosna, de la dádiva. Después vinieron los mercales, mercalitos, pedevales, pedevalitos, controlados por la macolla que importaba con total libertad, al disponer de millones de dólares para comprar toda la porquería que le ponían en bandeja de plata en los mercados de la carroña, asesorados por el castrismo, quien nunca ha dejado de triangular este negocito.

Los dólares fáciles estaban justo allí, al alcance de su mano, para que se consolidara una plutocracia cívico-militar, siempre atenta a los negocios en los que no tenían que invertir ni gastar porque se cargan, como siempre, al presupuesto nacional. Además de tener las lechugas verdes a disposición para este “emprendimiento” donde todo es ganancia, era menester arrasar con la empresa privada para espantar la competencia. Lo hicieron y bajaron la santamaría de casi 400 mil comercios. Tienen, entonces, la totalidad del poder, el monopolio de las importaciones y la pobreza masificada con la mano extendida, que no puede hacer otra cosa que aceptar la limosna envenenada que le lanza la cúpula podrida.

Para estos empresarios socialistas enchufados, las facilidades y comodidades son un simple añadido. A estos se les viene una idea luminosa en medio de la noche, en la mañana preparan un punto de cuenta y ya tienen el negocio montado y andando. Imagino que así ocurrió con los genios que se estrujaron las neuronas para materializar los claps. Emprendedores de mucho éxito revolucionario como Freddy Bernal y Rangel Gómez siguen liderando este programa, que tiene hasta su caja de cartón, que contiene harinas y féculas, engorgojados granos, un sobre de leche con intenso sabor a cal viva, azúcar, y en algunos casos fragmentos de atún, enlatados y nadando en un aceite sospechoso. Los productos son cada vez más escasos y de peor calidad.

La otra cosa es que las claps no son para todos los venezolanos. Tienes que censarte, pertenecer a un consejo comunal, tener carnet de la patria y efectivo para aspirar a recibir la bolsa negra o la caja de cartón, llena de sorpresas, a veces indeseables.

Este manejo y administración del hambre ha tenido sus repercusiones sociológicas, al haberse formado en el imaginario de la gente una nueva manera de estructurar las clases sociales. Este clapsismo tiene tres grupos claramente diferenciados: los que importan, los que distribuyen y los que reciben. Los dos primeros forman una clase enriquecida hasta la obscenidad que agrupa a un 5% de corruptos y enchufados, y los que reciben la limosna -que son mayoría- deben conformarse con lo que deciden los “nutricionistas” revolucionarios, que solo buscan sobrealimentar su fortuna personal.

Agridulces

En dictadura ni los músicos están exentos de represión. Y allí está Karen Palacios para demostrar que estos órganos de inteligencia y contrainteligencia no tienen escrúpulos para apresar a todo aquel que les resulte sospechoso. Un trino de esta joven clarinetista -con asperger- fue suficiente para meterla presa durante 45 días en el INOF.

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